Revista con la A

26 de septiembre de 2017
Número coordinado por:
Rosario Segura Graiño
53

Los estudios feministas, de las mujeres y de género en el estado español

Amianto en los tejados

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Laura Manjavacas

El liderazgo, lo tiene aquella persona capaz de distinguir un problema real, gracias a la gran audacia en la observación de su entorno, que entiende qué afecta de una manera directa a un grupo humano, qué lo alerta, sensibiliza, y genera cohesión social para establecer las líneas que marcarán el protocolo de resolución del problema 

Todas sabemos que el amianto es un material de construcción perjudicial, al igual que el pensamiento que construye nuestras vidas que a veces, y no pocas, también lo es.

Mientras quede amianto en los tejados hay que emprender la tarea de sustituirlo. Lo complicado es descubrir por qué es nocivo, creer a quien nos lo cuenta, y por eso suele venir acompañado de un estudio minucioso, generalmente científico contrastado, que mitiga nuestras dudas.

Ahí nace el liderazgo, lo tiene aquella persona capaz de distinguir un problema real, gracias a la gran audacia en la observación de su entorno, que entiende qué afecta de una manera directa a un grupo humano, qué lo alerta, sensibiliza, y genera cohesión social para establecer las líneas que marcarán el protocolo de resolución del problema.

Nace la emprendedora social, que es el tema con el que lidero este artículo.

Cuando el liderazgo lo enfocamos en el área económica, dentro de la ciencia social económica, que no es exacta, cuyo fin únicamente revierte beneficios monetarios tanto a la persona pionera como a sus colaboradores, incluido el Estado, hablamos de emprendedora, de empresaria.

Sí que tiene un valor social generar unos bienes y servicios que, aparentemente, soluciona nuestras necesidades básicas, pero no contabiliza que los recursos naturales son finitos e irreemplazables y que, además, son de todas y todos, y ese ha sido el factor determinante que a mí me ha hecho emprender siempre, primero como empresaria y en la actualidad como emprendedora social: el desequilibrio ecológico que viene generado desde que la humanidad dejó de ser humana, desde que se cambió el propósito de la vida en el planeta.

Y en eso estoy, intentando averiguar cómo alertar, con sensibilidad, sobre el aspecto más básico que, a mi parecer, es la causa del momento de colapso social, moral y económico de nuestro presente: la maternidad.

Sí, algo tan universal y tan natural, tan temido y tan anhelado, tan castigado y tan celebrado, pero que con la opresión tan salvaje que hemos tenido a lo largo del tiempo se ha ido interiorizando en todas nosotras como un tema únicamente femenino.

Y digo con sensibilidad, porque es cierto que estos últimos 50 años hemos salvado algunos temas clave, como que ya somos nosotras quien decidimos si ejercer la maternidad o no, gracias a la lucha de emprendedoras sociales feministas. Ahora falta mejorar el cómo parimos y, sobre todo, el por qué somos las mujeres y no los hombres quien desarrollamos el acto de emprendeduría social más importante de nuestras vidas.

La teoría no es nueva, pero sí revolucionaria: conocer la biología de la mujer como ser generadora de placer para ella y sus congéneres

La teoría que yo defiendo no es nueva, Casilda Rodrigáñez lleva años divulgándola, pero todavía es revolucionaria hoy en día: conocer la biología de la mujer como ser generadora de placer para ella y sus congéneres.

La idea es potenciar ese poder desde la educación teórica y práctica, desde la más tierna infancia, tanto a mujeres como a hombres por igual, de que somos seres que hemos venido a este mundo a gozar, a sentirnos queridos, a querer, lo que nos convierte en seres con mayor seguridad -los estudios así lo concluyen-  y esto sí que genera un beneficio social, ya que reduce problemas mentales futuros, fomentando una sociedad más cooperativa de compartir recursos y saberes, además de reducir los gastos sanitarios que se generan por la falta de salud mental y que aumentan cada año en las sociedades financieramente más endeudadas, lo que otros llaman países desarrollados.

Para llevar a cabo esta educación, las que deciden ser madres y padres, ya sean biológicas o no, tienen que conocer la importancia social que supone acompañar al ser que empieza a descubrir la vida, tiene que ser una maternidad consciente y debe estar acompañada de políticas sociales que protejan esta educación. En este sentido, si miramos hacia Noruega vemos que no estamos tan lejos de alcanzar esta protección.

A pequeña escala, a nivel vecinal o municipal, las escuelas de madres y padres son una magnífica oportunidad de compartir este crecimiento con especialistas que nos facilitan dinámicas de comunicación de nuestra vida sexual, ya que así somos, seres sexuales sobre todo, y cada vez estamos más separadas de esta relación con nuestra naturaleza.

Si aceptamos nuestra condición tal y como la sentimos, desde dentro, desde el conocimiento, desde la experiencia compartida -es más fácil decidir y respetarnos cuando vamos creciendo-, las mujeres no nos sentiremos extrañas con nuestros deseos, los hombres nos entenderán y, por lo tanto, nos respetarán desde la conciencia que ellos también han adquirido.

No hablo de casos utópicos, ya hay algunas experiencias reales -Yolanda González es una de ellas- que me hacen reflexionar sobre la necesidad de que hay que emprender en este sentido cuanto antes, de la manera más humilde posible pero en el ámbito más cercano y factible.

Si las escuelas formales no comprenden estás teorías y no dejan espacios de comunicación públicos, debemos buscar otros espacios municipales o de gestión privada donde sí se comprendan.

Pero para ejecutar el proyecto hay que hacer lo que toda emprendedora social debe hacer: un trabajo contrastado que fluya hacia la dirección que la sociedad está demandando y este es, en este caso, la educación sexual humana, sin quitar importancia a la salud sexual, que también es un trabajo exitoso, al menos existente.

Desde el juego, que siempre va a ser la conexión con los más inmaduros, desde un enfoque desenfadado y dinámico, en contacto con la naturaleza, que nos reúna con ganas de mejorar nuestras relaciones con nuestras hijas e hijos, o con nuestras madres o abuelas. Todas tenemos mucho que enseñar y aprehender, pero el camino ha de ser siempre divertido, es como mejor se comprende por qué somos, quiénes somos y qué hacemos.

El cuidado se siente, se contagia y con cada cambio en la evolución humana hemos ido relegándolo al género femenino, cuando el amor y el cuidado no entienden de género, aún podemos reinventarlo y disfrutarlo en comunidad.

Desde la perspectiva de una iniciada ecofeminista, estoy convencida de que ahora más que nunca estamos preparadas para compartir y transmitir nuestra esencia vital.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Laura Manjavacas Guillot, hasta enero de 2015, ha sido una agricultora ecológica defensora de las semillas tradicionales y defensora de la soberanía alimentaria en la Comunidad Valenciana. Siempre con el referente de la fertilidad de la tierra como argumento de salvaguarda, ahora busca la manera de que la otra fertilidad, la de las mujeres del planeta y su forma de expresarla, sea un ejemplo para las nuevas generaciones tanto de mujeres como de hombres.

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